|
Ya que es importante concebir la misión de la iglesia dentro de un marco de referencia teológico más bíblico que el «tradicional», se creó la expresión «misión integral». El doctor Padilla de explica en qué consiste el acercamiento integral a la misión cristiana y en qué se distingue del acercamiento tradicional.
Aunque la expresión «misión integral» se ha puesto de moda, el acercamiento a la misión que ella representa no es reciente. En efecto, la práctica de la misión integral se remonta a los tiempos de Jesucristo y a la iglesia del primer siglo. Además, cabe señalar que actualmente hay un creciente número de iglesias que la practican sin necesariamente usar la expresión para referirse a lo que están haciendo: «misión integral» no forma parte de su vocabulario. Y es obvio que la práctica de la misión integral es mucho más importante que el uso de esta novedosa expresión para referirse a ella. La expresión «misión integral» se gestó principalmente en el seno de la Fraternidad Teológica Latinoamericana hace más o menos dos décadas. Fue, en realidad, un intento por destacar la importancia de concebir la misión de la iglesia dentro de un marco de referencia teológico más bíblico que el «tradicional», es decir, el que se había instalado en círculos evangélicos especialmente por influencia del movimiento misionero moderno. En los últimos años se ha difundido de tal modo que la traducción literal de la expresión al inglés —integral mission— está incorporándose poco a poco, al vocabulario de quienes, fuera del ámbito de los evangélicos hispanoparlantes, abogan por un acercamiento más holístico a la misión cristiana. ¿En qué consiste este acercamiento?, ¿qué lo distingue del tradicional? Veamos: El acercamiento tradicional a la misión En el acercamiento tradicional, el cual tomó forma en el movimiento misionero moderno especialmente a partir de fines del siglo XVIII, se concebía la misión esencialmente en términos geográficos: era casi siempre un cruce de fronteras geográficas con el propósito de llevar el evangelio desde «el mundo occidental y cristiano» a los «campos misioneros» del mundo no cristiano (los países paganos). En otras palabras, hablar de misión era hablar de misión transcultural. Su propósito era «salvar almas» y «plantar iglesias», principalmente en el exterior, mediante la proclamación del evangelio. Sus agentes por su parte, eran primordialmente los «misioneros», la mayoría de ellos afiliados a sociedades misioneras, que podían ser denominacionales o interdenominacionales («misiones de fe»). Los requisitos para los misioneros variaban, pero se daba por sentado que el primero de ellos (aparte, por supuesto, del de la experiencia de conversión a Jesucristo) era el de sentirse, generalmente a nivel individual, «llamado por Dios al campo misionero». El responder al llamado de Dios a la misión —como ocurre en los casos del pastorado—, era concebido casi siempre como la máxima entrega que un cristiano podía hacer al servicio de Dios, pero de ninguna forma era como algo que se esperara de todos los cristianos, ni mucho menos. ¿Cuál función cumplía la iglesia local dentro de este esquema? Exceptuando a contadas iglesias (especialmente en círculos de «hermanos libres») las cuales enviaban misioneros sin la mediación de sociedades misioneras, el papel de la iglesia local se reducía a proveer personal y apoyo espiritual y económico para la misión. Incluso la capacitación de los misioneros era delegada por la iglesia local a instituciones especializadas en el tema. Cabe señalar, sin embargo, que con todas sus deficiencias, este concepto de misión, prevaleciente en el movimiento misionero moderno, inspiró (y en muchos casos sigue haciéndolo) a miles de misioneros transculturales para hacer lo que siglos antes hiciera Abraham: dejar su tierra y su parentela e irse a la tierra que Dios le mostró. Lo hicieron para difundir las buenas nuevas de salvación en Jesucristo, y así escribieron muchas de las páginas más hermosas de la historia de la Iglesia. Gracias a la labor de estos misioneros tradicionales —verdaderos «héroes de la fe», muchos de los cuales vertieron su sangre por causa de Jesucristo— hoy la iglesia es un movimiento de alcance mundial, con congregaciones prácticamente en todas las naciones de la tierra. ¡A Dios sea la gloria! Por otra parte, debe reconocerse que el haber identificado la misión de la iglesia con la misión transcultural dio lugar por lo menos a cuatro dicotomías que han afectado a la iglesia negativamente: La dicotomía entre iglesias que envían misioneros (mayormente situadas en «el mundo occidental y cristiano») e iglesias que reciben misioneros (casi exclusivamente en los países del denominado «Mundo de los Dos Tercios»: Asia, África y América Latina). Esto está cambiando, gracias al creciente número de misioneros transculturales enviados desde fuera del Occidente (o desde la periferia del Occidente, en el caso de América Latina). Sin embargo, ha de reconocerse que hasta hace poco tiempo la «misión» (transcultural) era la que se llevaba a cabo generalmente con base en países de Europa (por ejemplo, Inglaterra, Escocia, Alemania, Suiza, Holanda, Suecia y Noruega), en Estados Unidos, Australia o Nueva Zelanda. El movimiento misionero transcultural con base en Asia, África o América Latina es relativamente nuevo. La dicotomía entre el «hogar» («home»), ubicado en algún país del «mundo occidental y cristiano» y el «campo misionero» («mission field»), localizado en algún país pagano. No sorprende que la mayoría de «misioneros de carrera» (a veces con muchos años de servicio) optara por jubilarse en su tierra natal. La dicotomía entre «misioneros», llamados por Dios para servirle, y «cristianos comunes y corrientes», quienes podían disfrutar de los beneficios de la salvación pero estaban exonerados de participar en lo que Dios quiere hacer en el mundo. Me atrevo a sugerir que la dicotomía entre «clérigos» (incluyendo a misioneros y pastores) y «laicos» está en la raíz del problema de los muchísimos cristianos «domingueros» que forman parte del pueblo evangélico. La dicotomía entre la vida y la misión de la iglesia. Si para que la iglesia fuese «misionera» bastaba con enviar y apoyar a algunos de sus miembros para que se ocuparan de la misión, era posible la existencia de iglesias cuya vida no tuviera ningún impacto significativo en el vecindario circundante: la vida se desarrollaba en la situación local («at home»); la misión, en otro lugar, preferentemente en el exterior («the mission field»).
Todas estas dicotomías se desprendían de la reducción de la misión a un esfuerzo misionero transcultural. Y como consecuencia de ellas, la misión consistía primordialmente en la tarea de evangelización que llevaban a cabo los misioneros enviados desde países cristianos a los campos misioneros del mundo, con lo cual cumplían representativa o vicariamente —por así decirlo— la tarea misionera de toda la iglesia. La misión integral, un nuevo paradigma para la misión Desde la perspectiva de misión integral, la transcultural no agota, ni mucho menos, el sentido de la misión de la iglesia. Esta última puede o no involucrar un cruce de fronteras geográficas, pero en todo caso tiene que ver primordialmente con superar la frontera entre la fe y la no fe, sea en la tierra natal («at home») o en el exterior (en «el campo misionero»), en función del testimonio acerca de Jesucristo como Señor de la totalidad de la vida y de toda la creación. Cada generación de cristianos en todo lugar recibe el poder del Espíritu, el cual hace posible el testimonio del evangelio «tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1.8). En otras palabras, cada iglesia, sea cual sea su ubicación, está llamada a participar en la misión de Dios —una misión con alcance local, alcance regional y alcance mundial— comenzando en su propia «Jerusalén». Para cruzar la frontera entre la fe y la no fe no es indispensable atravesar fronteras geográficas; el factor geográfico es secundario. El compromiso con la misión está en la esencia misma de ser iglesia; por lo tanto, la congregación que no se compromete con la labor de testificar acerca de Jesucristo y así cruzar la frontera entre la fe y la no fe, deja de ser iglesia y se convierte en un club religioso, un mero grupo de amigos o una agencia de bienestar social. Cuando la iglesia se compromete con la misión integral y se propone comunicar el evangelio mediante todo lo que es, hace y dice, entiende que su propósito no es llegar a ser grande en número, ni rica materialmente, ni poderosa políticamente. Su propósito es encarnar los valores del Reino de Dios y testificar del amor y la justicia revelados en Jesucristo, en el poder del Espíritu, en función de la transformación de la vida humana en todas sus dimensiones, tanto en el nivel personal como en el comunitario. El cumplimiento de este propósito presupone que todos los miembros de la iglesia, sin excepción, por el solo hecho de haber sido integrados en el Cuerpo de Cristo, reciben dones y ministerios para el ejercicio de su sacerdocio, al cual han sido «ordenados» mediante su bautismo. La misión no es responsabilidad y privilegio de un pequeño grupo de fieles que se sienten «llamados al campo misionero» (generalmente en el exterior), sino de todos los miembros, ya que todos son miembros del «sacerdocio real» y, como tales, han sido llamados por Dios «para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pe 2.9) en dondequiera que se encuentren. Como bien dice Brian D. McLaren: «Para Cristo, sus “llamados” (que es lo que en realidad significa “iglesia”) serían también sus “enviados” [o misioneros]… Según esta visión de la iglesia, no reclutamos personas para que sean clientes de nuestros productos o consumidores de nuestros programas religiosos; las reclutamos para que sean colegas en nuestra misión. La iglesia no existe para satisfacer las demandas de creyentes consumidores; la iglesia existe para equipar y movilizar a hombres y mujeres para la misión de Dios en el mundo». En conformidad con lo dicho, ¿cuál es el papel de la iglesia local en relación con la misión? Ya lo hemos dicho con palabras de McLaren: «equipar y movilizar a hombres y mujeres para la misión de Dios en el mundo» —no exclusivamente en «el templo», que puede o no existir, sino en todos los campos de acción humana: en el hogar, en la empresa, en el hospital, en la universidad, en la oficina, en el taller… en fin, en todo lugar, ya que no hay lugar que no esté dentro de la órbita de la soberanía de Jesucristo. Concebido en estos términos, este «nuevo paradigma para la misión» no es tan nuevo: es, más bien, la recuperación del concepto bíblico de la misión, ya que, en efecto, la misión es fiel a la enseñanza de las Escrituras en la medida en que se coloca al servicio del Reino de Dios y su justicia. Consecuentemente, se enfoca en el cruce de la frontera entre la fe y la no fe no solo en términos geográficos sino en términos culturales, étnicos, sociales, económicos y políticos, con el fin de transformar la vida en todas sus dimensiones, según el propósito de Dios, de modo que todas las personas y comunidades humanas experimenten la vida abundante que Cristo les ofrece. Como tal, la misión integral resuelve de las siguientes maneras las dicotomías mencionadas arriba: 1. Por lo menos en principio, todas las iglesias envían y todas las iglesias reciben. En otras palabras, todas las iglesias tienen algo que enseñar y que aprender de las demás. El camino que la misión sigue no es de una sola vía —no va de los países «cristianos» a los «paganos»—; es de doble vía. De esto da testimonio el movimiento misionero con base en los países del Sur, el cual envía en estos días un número creciente de misioneros transculturales incluso a países del Norte. 2. Todo el mundo es «campo misionero» y cada necesidad humana es una oportunidad de acción misionera. La iglesia local está llamada a manifestar el Reino de Dios en medio de los reinos del mundo no solo por lo que dice, sino también por lo que es y hace en respuesta a las necesidades humanas que la rodean. Francisco de Asís tenía razón cuando, al enviar a sus discípulos a proclamar el evangelio, les exhortó a proclamarlo por todos los medios a su alcance, y que si era realmente necesario, también usaran palabras. La proclamación del evangelio incluye todo lo que hacemos movidos por el espíritu de Jesús, quien, «al ver a las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban agobiadas y desamparadas, como ovejas sin pastor» (Mt 9.36). 3. Todo cristiano está llamado a seguir a Jesucristo y a comprometerse con la misión de Dios en el mundo. Los beneficios de la salvación son inseparables de un estilo de vida misionero, y esto implica, entre otras cosas, el ejercicio del sacerdocio universal de los creyentes en todas las esferas de la vida humana según los dones y ministerios que el Espíritu de Dios ha otorgado libremente a su pueblo. Entonces, la tarea de los «pastores y maestros» es «capacitar al pueblo de Dios para la obra de servicio (la diaconía), para edificar el cuerpo de Cristo» (Ef 4.12). 4. La vida cristiana en todas sus dimensiones, a nivel personal y comunitario, es el testimonio primordial de la soberanía universal de Jesucristo y del poder transformador del Espíritu Santo. La misión va mucho más allá de las palabras: tiene que ver con la calidad de vida, la cual se demuestra en la vida que recupera el propósito original de Dios para la relación del ser humano con el Creador, el prójimo y la creación. En conclusión, la misión integral es el medio designado por Dios para llevar a cabo en la historia, por medio de la iglesia en el poder del Espíritu, su propósito de amor y justicia revelado en Jesucristo. El autor nació en Ecuador y desde hace 34 años reside en Argentina. Es presidente de la Fundación KAIRÓS, en Buenos Aires y editor de las revistas Iglesia y Misión y Kairós. Es autor del libro Misión integral, el cual ha sido traducido a varios idiomas.
|