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Demasiado joven para algunas cosas y adulto para otras. Esta es una de las tensiones que viven los adolescentes y jóvenes en su relación con los adultos. Lo que para uno es adecuado, no lo es para el otro.
Pareciera que no se observa esa misma tensión en cierta área de la iglesia en América latina. Este es el caso de los grupos juveniles, los que son liderados generalmente por los mismos jóvenes. Es difícil encontrar una razón que explique este fenómeno. Sin embargo, es un hecho que los adultos dejan en manos de los jóvenes la dirección de un área tan importante de la vida de la iglesia, aunque no harían lo mismo con otros ministerios de la iglesia. UNA EXPERIENCIA PERSONAL Personalmente puedo mirar atrás y descubrir que esto ocurrió también en mi propia experiencia. La iglesia a la que asistía con mi familia durante mi niñez y adolescencia tenía en aquel entonces alrededor de 80 miembros y una asistencia de unas 100 personas. Allí me convertí cuando tenía cinco años y me bauticé a los doce. Alrededor de treinta y cinco personas constituían el grupo juvenil, formado tanto por adolescentes como por jóvenes. A los quince fui elegido presidente del grupo juvenil. Esto no se debió a méritos propios sino al sistema de elección de los líderes; se escogía por votación y entre los presentes. Como la mayoría de los integrantes eran adolescentes, era más que probable que escogieran a uno de los suyos para ese cargo, así que me vi nombrado por mis pares. La responsabilidad era dirigir al grupo y convocar a la «Comisión» que organizaba las actividades semanales. En aquel momento fue un motivo de orgullo ocupar una posición de «importancia». Ahora, mirando retrospectivamente, puedo dar gracias a Dios que a pesar de nuestra inmadurez, El nos puede utilizar para su Reino. Hoy, a treinta años de aquella experiencia, reconozco que existieron tanto los elementos positivos como también los negativos. A los quince años no tenía el juicio necesario para reconocer las verdaderas necesidades del grupo juvenil como para liderarlo. Pero esto podría haberse solucionado con la presencia de una o más personas adultas con experiencia y autoridad para orientarme, contenerme y pastorearme. Por otro lado, esa misma experiencia tuvo elementos positivos que me han marcado para servir a Dios. La responsabilidad de liderar a un grupo juvenil contribuyó significativamente al desarrollo del carácter cristiano. También me obligó a reconocer errores y buscar la guía de Dios para corregirlos. No hay duda que la experiencia es una maestra que Dios utiliza para prepararnos para el servicio. UN MODELO BÍBLICO Jeremías nos relata la manera en que Dios lo llamó para servirle y cómo él puso su juventud como excusa para no hacerlo. Sin embargo Dios insistió con Jeremías a pensar de su juventud. Es como si Dios le hubiera dicho: «Es cierto que eres un joven inexperto, pero Yo te llamo, estaré contigo y tendrás mi autoridad para ministrar». Dios le dijo a Jeremías que podría hacerlo y le recordó que para ello contaba con tres elementos. El primero de ellos era el llamado de Dios (v.5): «Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones», La palabra conocer en este contexto significa «llamar». Este concepto se repite en la expresión «santifiqué». Jeremías fue separado (o llamado) por Dios para una misión específica. Es el llamamiento de Dios lo que le da convicción a un líder juvenil para ministrar efectivamente. El segundo elemento era la presencia de Dios (v.7-8): «No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte». Dios prometió a Jeremías estar a su lado. Es interesante notar que esta misma promesa acompaña al llamamiento de muchos personajes de la Biblia. Es parte del carácter de Dios no abandonar a quienes ha llamado. Seremos líderes jóvenes y muchas veces inexpertos, pero contamos con la presencia continua de Dios, si somos lo suficientemente humildes como para buscarla. En tercer lugar tenemos la autoridad de Dios (v.9b, 10): «He puesto mis palabras en tu boca. Mira que te he puesto en este día sobre...». Luego, Jeremías tuvo una experiencia particular por medio de la cual Dios le concedió autoridad para ejercer el ministerio. Sin la autoridad de Dios difícilmente nuestro ministerio podrá ser significativo. Y esta autoridad viene como resultado de una comunión permanente con Dios. Como líderes nos identificamos con Jeremías en que nos sentimos incapaces para hacer la obra. Pero, en humildad, aceptamos el llamado de Dios, diariamente buscamos su presencia, para recibir su autoridad y con ella servirle en este mundo. «Que nadie tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza.» (1 Ti. 4.12).
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